El verano pasado sufrimos los
embates de dos shocks: El Niño costero y el escándalo Lava Jato. A pesar de la
inmensa fuerza destructiva del primero, la economía peruana está siendo mucho
más afectada por los destapes de corrupción que implicó el segundo. Con el
tiempo, comprobamos que las malas prácticas no estarían limitadas a una sola
compañía, sino que habrían caracterizado el comportamiento de un gran número de
empresas de la industria de la construcción en nuestro país. ¡Qué pena!, porque
existen decenas de miles de trabajadores capaces y honestos que trabajan en
ellas y que hoy sufren las consecuencias de las malas decisiones tomadas por
unos pocos.
Sin embargo, el problema no
termina con las decenas de miles de familias que dependen del sector construcción.
El problema es sistémico y no solo afecta a esta industria, sino también a sus
empresas proveedoras y a los trabajadores que en ellas laboran. Al respecto, el
Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) estima que, de solo paralizarse las
nueve empresas constructoras más grandes y sus proveedores, se perderían más de
50 mil empleos formales. Por otro lado, esa institución también ha estimado que
los proyectos de inversión pública y de APP ya asignados a empresas vinculadas
o investigadas por actos de corrupción equivalen a más de S/30.000 millones en
inversión (una cifra superior a 4% del PBI y equivalente a casi un quinto de la
inversión total estimada para este año).
Pero allí tampoco termina el
problema. El sistema financiero tiene una exposición con estas empresas de
S/11.500 millones, por lo que el 4,3% del total de créditos del sistema
bancario podría súbitamente deteriorarse (las cifras son mucho mayores al
incluir los créditos a los proveedores y a los trabajadores de las empresas
involucradas). Si estos créditos devienen en impagables, entonces cerca del 40%
del patrimonio de los bancos desaparecería y con ello entraríamos en una severa
crisis financiera: algunos bancos quebrarían y el corte de la cadena de pagos
sería muy grave. Adiós recuperación económica. El problema es demasiado grande
como para no actuar: “Too big to fail” que le dicen.

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